Bola ocho

Bola ocho

Bola ocho, de Elizabeth Geoghegan

Nórdica Libros | 2022 | 296 páginas

#Cuentos #FicciónContemporánea #Realismo

3/5

«Drishti se sintió liviana, como si las alas de todos aquellos murciélagos, al arrasarla, hubieran logrado, de algún modo, librarla de todo cuando había estado cargando hasta entonces. […] La última franja de luz, de un color violeta, lucía sobre el horizonte. Los murciélagos de Pura Goa Lawah no se veían, pero ella sabía que seguían allí, en alguna parte, en lo alto…»

Estos ocho relatos nos invitan a emprender un viaje por los contornos de la intimidad, que se van desplegando a través de varias ciudades y continentes. Desde un trayecto a dedo por el Véneto italiano hasta una caminata por un arrozal balinés oscuro como la boca del lobo, o la cola para pedir en un bar de Seattle lleno de gente, Geoghegan dispone a sus personajes sin rumbo en un mundo que asienta su lamento en el enigmático terreno del deseo. 

Uno de los principales reclamos de Bola ocho es que la autora, Elizabeth Geoghegan, es considerada discípula de Lucia Berlin, cuyo póstumo Manual para mujeres de la limpieza (2015) la convirtió en referencia. Pero yo todavía no he tenido oportunidad de leer a Berlin, así que no puedo juzgar si la comparación es acertada.

Sí que puedo dar mi opinión de Bola ocho y de la escritura de Geoghegan más allá de los parecidos literarios, y el veredicto es un poco tibio. Como suele pasar en los libros de relatos, no todos convencen de la misma manera, aunque en este caso la diferencia de nivel es llamativa. Es decir, que algunos me han parecido infumables, mientras que otros los he encontrado francamente interesantes.

La cuestión es que los infumables forman la primera mitad del libro, por lo que estuve a punto de abandonar la lectura hasta que atisbé el comienzo de algo prometedor. Estos cinco primeras historias, de El Chico Árbol a El Chico Perro (los títulos ya anuncian por dónde van los tiros) son más breves, se centran en relaciones de pareja tóxicas, y podrían resumirse en «chicas se arrastran detrás de ejemplares particularmente deleznables del sexo masculino«. Además, todos tienen un componente bohemio —los personajes son artistas, o fotógrafos— que solo consigue dotar al relato de un tono pretencioso.

Pero los tres últimos cuentos de Bola ocho se desmarcan de los anteriores tanto en extensión como en temática, en profundidad como en lirismo. Nos asomamos aquí al amor fraternal crispado por la drogadicción, a la búsqueda de la propia identidad o a la desesperanza de la pobreza. Exploramos diferentes lugares que la autora conoce bien, como Roma, donde vive, o Boulder, donde estudió en la Universidad de Colorado. Los escenarios geográficos se entrelazan con temas en torno a la nostalgia y la pérdida para crear microcosmos íntimos y contenidos.

Sobre todo me ha gustado cómo, sin edulcorar el lenguaje o las situaciones, Geoghegan consigue generar empatía hacia sus personajes. Y no son personajes que despierten fácilmente compasión (van desde una turista occidental ligeramente ridícula que pretende reinventarse en Bali hasta un criminal infanticida), pero se nos presentan, indudablemente, como seres humanos.

Bola ocho es por tanto un libro desigual en cuanto a calidad literaria, hasta un punto un poco desconcertante, y los relatos que lo componen no forman un todo cohesionando. Pero aquellos que merecen la pena lo hacen con ganas, y logran exhibir el poder de la prosa de Geoghegan para plasmar los deseos enfrentados de los errantes.

 Te gustará si…

Si te gustan los relatos cortos de tono realista que aborden sin ambages problemas contemporáneos como las adicciones, las relaciones tóxicas o la diferencia de clases.
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Elena

Mis cosas: dramas de época 🎬, libros 📚, demasiado café ☕ y siestas que te dejan más cansadx que antes 😴.

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